© Copyright Derechos Reservados CyberControl M.R. http://cybercontrol.com Mario Clio

-Vengo a la visita conyugal.-
-No te había visto antes. ¿Nombre de tu marido?-
-No es mi marido. Estamos en unión libre. ¿Lo voy a poder ver?-
-Antes, debes llenar unos datos.-
Mientras el celador decía esto, escrutó libidinosamente sus piernas.
-No sé escribir.-
El vigía miró alrededor y certificó que su compañera no regresaba del rondín, entonces le dijo con una sonrisa.
-No es necesario que escribas, yo te ayudo y con suerte te pueda dar unas clasesitas por las noches.-
La joven dibujó una leve sonrisa, su inexperiencia le impedía ver las intenciones del celador.
-Tal vez.-
El hombre sacó del cajón una carpeta con papelería y una pluma mordisqueada, rodeó el escritorio buscando estar más cerca de la chica que mostraba una piel adolescente.
-¿Nombre completo y domicilio?-
-¿El nombre mío o el de Valente?-
-El tuyo primero.-
La chica cambió semblante cuando vio que no era un documento lo que el hombre llenaba, sino algo parecido a una libreta personal. Después de soltar el primer dato, se abrió la puerta metálica que conducía al interior del reclusorio.
Las intenciones del vigilante se evaporaron cuando una uniformada con cara de bulldog llegó de su rondín.
-Ya es hora.- Dijo ella secamente.
Él dejó caer su agenda sobre el escritorio y comentó. –Déjame terminar con este asunto.-
La celadora miró a la joven y la escena de su compañero quien le telegrafiaba con la mirada un “Lárgate y regresa en 5 minutos”.
-No te preocupes, yo la atiendo Paco. Puedes irte.- 
Sin dar tiempo a objeciones, la mujer tomó la carpeta del escritorio y le arrebató la pluma. 
–Yo te atenderé. Dame el nombre de tu marido.-
-Le decía al señor que no es mi esposo, que vivimos juntos.-
-No importa, dame su nombre. Después de todo, no creo que por gusto alguien quiera venir a acostarse con alguno de estos reos. ¿Tu pareja tiene poco encerrado?
Sin saber qué contestar sólo le dijo: -Valente Villarreal García.-
¿Así se llama? 
Después de encontrarlo en una larga lista dijo: –Él tiene cinco años aquí, y le quedan más de quince. ¿Cómo es que vivías con él antes de que lo encerraran? ¿Qué edad tenías cuando lo trajeron?
La pregunta y la contundencia numérica hizo que la joven agachara su ruborizado rostro. Sólo contestó entre dientes. 
-13 años.-
-‘Desgraciado chacal’. Nomás te chingó la vida este animal.- 
La celadora al decir esto miró a su compañero dedicándole una porción de la frase. Él se encogió de hombros. -Y tú ¿porqué no te has largado?-
Tomó la mochila para engancharla en su espalda mientras manoteaba pretextos. –Ya me estoy yendo.-
La chica, sin levantar la mirada, desenredaba los castaños cabellos que le cubrían el rostro.
Después que el hombre salió, fue la celadora quien se acercó a la chica.
-No tengas miedo, ya se fue el lobo.-
Sin levantar el rostro, sólo dijo quedo que sí. 
-¿Cómo te llamas?-
-Rosalía Gutiérrez.-
Con la vista clavada en el piso no podría darse cuenta que la celadora ni siquiera anotaba.
La corpulenta oficial tomó suavemente la barbilla y miró sus mejillas. –Eres una niña muy bonita.-
De cerca se apreciaban pecas disfrazadas bajo de tortas de maquillaje. 
Su rimel estaba corrido por lágrimas contenidas y sus labios mal pintados, por ser de las primeras veces que lo hacía. Los apretaba con fuerza para evitar que temblaran.
-No tienes todavía 18 años. ¿Verdad?-
Al escuchar esto bajó de nuevo la mirada, pero ahora ya no con actitud de vergüenza, sino de derrota. Comenzaba a resignarse por una visita conyugal abortada.
La uniformada se acercó lo suficiente como para ver más allá de sus pupilas. Le dijo con voz muy queda al oído. –No te preocupes, no le voy a decir a nadie que eres menor de edad. Te dejaré ver a tu pareja pero debo revisarte.-
Cuando la chica dibujó una sonrisa, la oficial atacó como cocodrilo.
Abrió la boca y le plantó un apasionado mordisco sobre sus tiernos labios.
La mano derecha seguía sujetando la barbilla, aunque ya no había resistencia. La otra mano comenzaba a palpar la esbelta cintura. Los dedos bajaron y buscaron en la entrepierna.
La joven inexperta en los menesteres del amor suponía que debía dejarse llevar por el protocolo, si quería entrar a las galerías de visitas conyugales. Sabía que en algunos casos las esposas utilizan sus propios sepulcros para pasar drogas al interior, armas o hasta teléfonos celulares a fin de mantener a sus tigres contentos dentro del penal.

El temor se iba disipando a medida que la celadora exploraba y navegaba. El silencio fue roto, primero muy leves sollozos y después con intensos bramidos de ambas.
Rosalía no pensaba si hacía bien o mal, lo único que entendía era que la autoridad en ese lugar era quien portaba uniforme, así que había que dejarse llevar por ella y los confusos sentimientos. La respiración era agitada.
Rosalía subió el pié derecho a una de las sillas para facilitar la maniobra y el talón trepidaba instintivamente. Después de emitir un sordo alarido, la celadora sólo dijo: -Shhh te van a escuchar.-

En un área cercana a las celdas se encontraba la zona de visitas conyugales, 
La galería 14 se abrió, no había nadie. Al entrar Rosalía le invadió la desconfianza y le preguntó a la celadora, ¿y dónde está Valente?-

La corpulenta mujer con una sonrisa maliciosa le dijo. –Cómo se nota que es la primera vez que vienes. Él va a entrar por aquella puerta, pero primero debemos asegurar esta por afuera.-

Era un cuarto de tres por dos metros que no tenía más adornos que un colchón de hule, chorreado y oloroso a fragancias baratas, y un perchero atornillado a la pared. Fuera de la otra puerta no había nada más

-¿Dónde dejaré mi ropa?

-El perchero es para colgar las ropas, el bolso y la angustia, pequeña.-

Antes de salir, la mujer sólo aclaró. –La luz se apaga con este interruptor. En una hora regreso por ti, y más vale que estés vestida porque ya sabes que no desaprovecho.-

Apagó la luz y cerró dejando en la negrura del cuarto el eco de su voz que revoloteaba como campanazo sobre sus mordisqueados oídos. Cuando el cerrojo terminó de enclaustrarla el eco se disipó y comenzaron a escucharse los leves sollozos de niña asustada. Por detrás de la otra puerta se filtraba todo tipo de ruidos que se amplificaban con la soledad. La joven sabía que la vista se afinaba con la oscuridad, pero ese día descubrió que todo se incrementaba, el tacto, el oído, el olfato y hasta la tristeza. Tenía la opción de encender la luz, pero prefirió no hacerlo.
No sentía gusto por la próxima llegada de su pareja, su tristeza era profundamente mayor. No sabía que hacer cuando llegara Valente. El capítulo con la celadora le ahogaba. Respiró profundamente hasta que el sollozo desapareció.

Un ruido intenso en la puerta la hizo ponerse de pié. El encuentro estaba cerca. 
Después de un breve chasquido, la puerta se abrió dejando entrar la luz del pasillo. La silueta de un hombre escoltado por otro celador se plantaba en el marco. Era de 30 años, bajo y con la calva tan redonda que tenía forma de melón. El celador dirigiéndose a él dijo: -En una hora regreso por ti.-
Valente dio un paso al frente y extendió la mano buscando el interruptor. Mientras la puerta se cerraba a su espalda, el recluso desplegó una chimuela sonrisa. Miró a Rosalía quien encandilada, arrugó la frente. La contempló de la punta de los pies hasta la cabeza y ella aunque trataba de sonreír no lo lograba.
Valente, no quiso apagar la luz y comenzó a desabotonarse la descolorida camisa. Antes de colgarla sacó de su bolsa un teléfono celular que habían colado para él desde la navidad pasada y marcó.
Rosalía extrañada miraba temblando.
-Celia, te quiero felicitar, aunque seas una cabrona bien hecha. Esta putita que mandaste está todavía muy tiernita, pero muy buena. Por favor ya no quiero los pellejos de la otra vez o no te pago. ¿Me entendiste?- 
-Al rato le llamo a mi vieja para que te pague el doble por este corderito, pero entiende. De hoy en adelante voy a querer nomás a... ¿Cómo te llamas primor?-