© Copyright Derechos Reservados CyberControl M.R. http://cybercontrol.com Mario Clio

Cuando llegué a la primer sesión del taller literario y conocí a mis compañeros, en un principio me sentí identificada con ellos porque veía claramente a cada uno sentado arriba de sus sueños. Cada quien tan diferente de los demás y del resto del mundo. Todos pasaditos de los treinta y uno que otro de los cincuenta. Tan robustos en años como en experiencias.
El maestro, notable con el uso de la palabra, nos daba una sonriente bienvenida con frases que nos ubicaban en el contexto que éramos: un puñado de nóveles escritores que con mucha suerte, saldríamos de esa incubadora literaria para defendernos contra las aguerridas plumas que se publican y cotizan.
Todos nos mirábamos de la misma manera, con un análisis profundo más allá de lo que nos importaba. Ella, ha de ser divorciada, el de allá, no ha decidido salir del closet, el maestro con cara de encanto, ha de ser el más depravado y candente. Todos mostraban sus cicatrices del alma desde la primera impresión. Me lo delataban sus cabellos teñidos, el brillo de la piel, el marfil de sus dientes y hasta lo manoseado del bigote.
En mi turno para presentarme, mencioné sólo rasgos presumibles. Omití miserias y fantasmas, que seguramente ya habían aflorado por mis poros como mariposas sicodélicas mucho antes de que hablara.
-Mariela Fénix, casada sin hijos, me gradué en el 90 en psicología industrial, trabajo en una empresa de enceres domésticos y me gusta leer. Estoy aquí porque quisiera escribir cuentos cortos. Es lo que me apasiona.- Fue muy breve mi presentación, pero del mismo tamaño que la atención que me ponían.
Aquella tarde transcurrió como la típica inauguración de cualquier curso, con un maestro alargando su metodología, hablando con parábolas y mirando fijamente a cada quién a los ojos, a los senos y en ocasiones a los apuntes que cada compañero hacía aplicadamente. Era un día de alumnos entusiasmados asintiendo a todo lo que se les decía. 
Las sesiones fueron transcurriendo y las semanas se convirtieron en meses. Fue cuando me di cuenta que en realidad no había conocido a nadie aquel día inaugural. Cada compañero, iba sacando sus colmillos y afilando sus garras. A unos los imaginaba claramente con capas y a otros con trinche, pero cada quién con una caracterización maléfica. Los incisivos comentarios y sus agrias acciones me incomodaban cada vez más, y en ocasiones me sentía desolada.
Pensaba por momentos que tenían algo contra los cuentos que preparaba para presumirles, pero luego de leerlos y vapulearme, notaba que la saña se desviaba también hacia los demás compañeros de manera indistinta. El ambiente se obscurecía y cada vez que llegaba mi turno de exponer, me sentía en el patíbulo. Nadie veía mi contenido, sólo las fallas.
Al salir de cada sesión me prometía que jamás regresaría, pero al pasar algunos días, lejos de eso y detrás de mi teclado, confeccionaba pulcramente mi tarea que luego disfrutaba al releer. Más tarde deseaba que llegara el día de la reunión. Pensé que el masoquismo era una enfermedad sutil desde el momento en que se adquiere un encanto por el maltrato.
Comenzaron a salirme uñas que se convirtieron en garras que me ayudaron a espolvorear duros comentarios sobre los trabajos de los demás. Quería responder al agravio con orines. Mis argumentos para criticar estilos y formas, en ocasiones los preparaba y memorizaba antes de que iniciara la sesión. Llevaba balas de diferentes calibres para cada quien y mi lengua adquirió el filo y la fortaleza de un sable. Me apasionaba más y más en las sesiones y no era por lo que fuera aprendiendo en materia literaria, francamente mis cuentos comenzaban a fastidiarme, lo que quería era nadar en la trifulca de las letras que cada semana se convertía en mi delirio. 
Mi marido sólo una vez reclamó que pasara más horas con el calor de la computadora que el de su regazo, no me importó. Lo maté de inmediato. Luego llegué a la sesión lista, vestida de rojo y llevando un portafolio repleto de textos sacados de la porosa mente de cada tallerista, en donde tenía corregidas todas las estupideces escritas a lo largo del año. Fui encargándome de dar retroalimentación a cada uno conforme llegaban, comenzando por el anfitrión a quien le atravesé la garganta con un cuchillo para evitar que pudiera hablar. Quedó tirado en la entrada del salón con expresión de sorpresa y con la lengua larga y tiesa como la de una res en el matadero.
El segundo fue el maestro, quien llegó puntual a la cita. Al verme llorar desconsolada y descubrir el cadáver empapado en sangre sobre la alfombra, se agachó para dar ayuda ignorando el contexto y que yo todavía tenía un cuchillo para su espalda.
Él fue más ágil, caminó unos pasos y trató de salir del lugar a pedir ayuda, pero lo empujé con fuerza sobre la mesa para descubrir que sólo diez segundos bastan para desangrar a un editor de libros. Después de que su rostro con la boca abierta y babeante, rebotara sobre unas hojas en blanco, me acerqué para darle la gracia de haber muerto. -Esto es por plantearme que era una ‘zorra hipotética’, maldito cabrón-.
Con la fuerza sobrehumana con la que Dios me ungió por su mi divinidad, deslicé al maestro por encima de la mesa para dejarlo caer con todas sus letras sobre el piso. El bulto se escuchó seco en el fondo del salón, como secos han sido sus comentarios. Arrastré a mi anfitrión por la alfombra para alejarlo de la entrada y apilarlo sobre el maestro. -Así los quería ver, juntitos infelices letrados.-
Fui corriendo con bolso en mano al espejo del baño para acomodarme el tirante del sostén que se había desenganchado. Tomé el lápiz labial y me retoqué de escarlata. ‘El rojo era mi color para ese día’, pensaba. Sonó el timbre de nuevo, me acomodé el peinado y de inmediato fui a abrir.
Era ella, la más mortífera de todos, la que se empeñaba por usar las palabras más hirientes que neutralizaban mi obra escrita y moral. La que lejos de ayudar pisoteó mi autoestima durante meses y trató de ahuyentarme del camino literario. Por momentos pensaba que lo hacía para alejarme de su mediocre y atelarañada carrera. Estaba ahí, la que se creía laureada y que no tenía capacidad de retener la atención del lector ni un párrafo, ni del lector ni de su exmarido. Escuché su odiosa voz en la bocina. Abrí la puerta y mi sonrisa brilló como nunca. Al ver mi vestido rojo que se entremezclaba con la sangre, comenzó a reírse y yo no hablé, ni vacilé. Sólo fueron tres puyazos al corazón. De su blanca y artesanal blusa brotaron chorros de sangre que bombearon al ritmo de sus latidos, los últimos. Fui directo al corazón, como acostumbraba ella cada vez que me hablaba. No tuvo tiempo de llegar al piso sin morir primero, ni siquiera puso cara de sorpresa, sólo dolor. 
Ya en el suelo, me dediqué a darle más retroalimentación por la espalda, brazos y cuello. Una y otra vez le gritaba que no me volviera a decir “discursiva” ni “engolada”. La sangre chorreaba cada vez menos, era evidente que el corazón ya no latía. No había terminado cuando el más fornido de los talleristas llegó de pronto y me sujetó por la espalda. Ya nada podía hacer por su queridita compañera. Me tenía sometida pero ya no me importaba. Traté de patearlo en los huevos para librarme, pero su fuerza incrementada por una dosis de rabia, me sometió sobre la mesa. Sólo le escupí la cara. No me importó que me atrapara, porque nunca había disfrutado tanto como aquel sábado de taller literario. Todo era perfecto hasta que ese analfabeto me arrancaba la peluca y destrozaba el vestido que no era ni mío. Yo sólo le decía: -Suéltame estúpido. Mi esposa, que en gloria esté, se va a enfadar. Era su vestido favorito.-