© Copyright Derechos Reservados CyberControl M.R. http://cybercontrol.com Mario Clio

Don Damián con el rostro del mismo color que papel llevaba en sus manos, llegó a la banca del parque, desolado y arrastrando los pies.
Se sentó en el mismo sitio donde por las tardes reúne a jugar ajedrez con su fraterno amigo y maldito contrincante Mauro. Una rutina adoptada desde la pérdida de su amada. 
Hoy llegaba particularmente temprano a la cita. Quería meditar un poco: Recibir ese resultado de laboratorio con la frase ‘cáncer en los huesos’ no era para menos. 
El viejo cargaba en su rostro una sombra de pesadumbre desde el día en que apareció su primer dolor en los brazos. Sus hijos, lo acompañaron a diversos estudios cuyos, resultados arrojaron las desastrosas noticias. 
‘Me voy a morir’, pensaba. Sabía que después de los 80 años, cualquier momento sería bueno, pero nunca se imaginaba que este llegaría tan pronto, menos cuando hacía un mes, presumía de reunir ocho décadas sin complicaciones. ‘Mis primeros 80’ les presumía a sus nietos durante aquella comida.
Era el principio del fin, y a partir de ese resultado, don Damián debía comenzar la reconciliación con todos los prójimos que se encontrara, si pretendía alejarse del fuego eterno. Pensaba que pedir perdón no sólo ayudaría a lograr votos por su eterno descanso, sino a ser recordado tal vez como el precursor de la bondad, con esfuerzos tardíos por supuesto. 

Ahora, sentado en esa fría y despintada banca, ingresaba al clan de vejetes que solamente se acercan a la iglesia cuando apuntan su nariz a la recta final. Él no buscaría una inmerecida indulgencia, tal vez sí, encontrar una palabra de consuelo y de paso, la posibilidad de lograr un rincón cerca de las manoseadas rejas del paraíso. No se consideraba malandrín, pero tampoco era un ‘beato’. Él omitía siempre la palabra ‘santo’ porque aseguraba que los títulos deben ser por méritos propios y no por decisión del clero. 
Sus pecados eran pocos y discretos, pero muy repetitivos. Cuando joven adquirió la costumbre de tomar algunas cosas que consideraba de su pertenencia, o dicho en propias palabras, 'que injustamente se habían repartido a otras personas'. Siempre dijo que la naturaleza no era de nadie, aunque fuera ajena. Para él no existía la propiedad privada, siempre que no hubiera ofensa por tomarla. 

Ahora, toda esa filosofía de juventud se convertía en una deshilachada madeja de culpas que se revertían sobre su cabeza.

-Hola Damián. ¿Tienes mucho de haber llegado?-

Mauro, con su caja de ajedrez debajo del brazo, lo tomó por sorpresa espantando también a las palomas congregadas.
-Me voy a morir Mauro.-
Las lágrimas corrían por sus arrugadas mejillas. Mauro escudriñó a su amigo con incredulidad, pero su cristalina mirada le confirmaba la mala noticia. El diagnóstico médico se lo soltó sin esperar a que se sentara.
-¿Ya te entregaron los resultados? ¿Qué te dijeron?-
-Es una enfermedad de la que no se salva nadie. Me dieron cuando mucho cinco meses.-
Mauro se sentó lentamente, agachó la mirada y le palmeó el hombro.
-Te quiero pedir perdón por todo lo que te he hecho amigo.-
-Pero ¿qué estás diciendo granuja? Debe haber una cura.-

-¿Cura?, olvídalo. La única solución es despedirme de mis amigos, porque de esta, no me escapo.-
El hombre al decir esto miraba hacia el frondoso ramal de los encinos que los arropaba y suspiraba. Sorprendido, puso el ajedrez a un costado para cubrirse el rostro. Damián recordaba la cantidad de aventuras que habían vivido juntos, desde los catorce y en las que, incluso estuvieron a punto de morir, o al menos pasar una temporada en el hospital.
 
-¿Recuerdas Mauro cuando se reventó la soga del carro de baleros en la bajada de la loma?-

-¿Cómo olvidarlo? Pero mi bicicleta también iba sin frenos. Yo también me raspé.-

-¡Cállate animal!, la descalabrada se me notó más cuando mi calva comenzó a crecer. ¿Te acuerdas?-

-Si amigo.-

-Pero de ésta, definitivamente no me voy a salvar, créeme. Este cáncer es el más mortífero y ya me ha adelantado que será muy doloroso.-

-No digas eso, que a lo mejor me muero yo primero. Tú te ves muy sano y hasta chapeado estás condenado.-

-Mauro, te quiero confesar algo.-

-No seas exagerado y cállate que de tanto pensarlo vas a invocar a la “calaca”. ¿Ya se te olvidó cuando mi mujer comenzó con sus achaques?, se me fue en dos meses. Me hubiera durado más de no saber lo que tenía.-

-Escúchame amigo.-

-¿Qué quieres Damián?-

-¿Te acuerdas cuando tuviste que viajar a Europa por tu trabajo? 

-¿A que viene la pregunta?, fue hace tantos años.-

-Más de cuarenta.-

Mauro le dedicó una mirada inquisidora al escuchar la precisión numérica.

-Te quiero confesar algo.-

Tomó la caja del ajedrez y sobre su regazo comenzó a acariciar sus esquinas mientras apretaba los arrugados labios forzando el silencio que le exigía su amigo.

-Te quiero pedir perdón.-

-¿¡Qué hiciste infeliz!?-

-Fueron varios días en que dejaste a tu mujer sola. Yo la veía triste, con ojos de nostalgia pero al mismo tiempo con una mirada de lujuria que...-

-Maldito desgraciado, cállate.-

Mauro se cubrió el avasallado rostro con temblorosas manos y agachó la cabeza, los hombros convulsionaban al ritmo del llanto.

Damián buscando purificar su alma, prosiguió, a parte que al saber que moriría, la insolencia se le daba de manera natural.

-No era mi intención traicionarte amigo, pero ella pedía a gritos con la mirada el servicio que no le dabas. Recuerda que estuviste fuera dos meses. Fue una injusticia lo que hacías con tu mujer, por eso tuve que interceder.-
Las lágrimas estallaban sobre la madera del tablero. Mauro lloraba decepcionado de su difunta mujer, a quien no le había faltado el respeto nunca, ni con el pensamiento. Le ahogaba también una rabia por el cinismo de su amigo. 

¿Cuántas veces fueron desgraciado?

-Unas veinte, cuando estabas de viaje.-

-¿Qué? ¿Siguieron a mi regreso?-

-Cien por lo menos. Pero sólo por las mañanas.-
-Infeliz, y luego lo dices como si le quitara gravedad el hacerlo por las mañanas.-
Hubo un silencio pleno. Sólo los aleteos de las palomas y los sordos sollozos de Mauro resonaban en el lugar. Damián sonriente se sentía purificado tras la confesión. Después de acabarse la última lágrima por la pendejez de su mujer y la propia, se puso de pié.
-Eres un desgraciado Damián y nomás porque sé ya te vas a morir, no te mato.-
-Puedes matarme si te da gana, eso a mí ya no me importa. Ya estoy más allá de todo eso, lo único que busco es que me perdonaras para irme limpio.-
De pronto un fugaz recuerdo se apoderó de su mente y en lugar de retirarse, se sentó de nuevo, sólo por un momento.
-Damián te perdono y te perdono de corazón, porque ahora que estás agónico y podrido, no quisiera ningún remordimiento; y menos tenerte en calidad de “alma en pena” jodiéndome por la casa.-

-Gracias amigo.-

-No he terminado.-

Damián miraba sonriente a Mauro: -Dime amigo.-

-¿Recuerdas cuando tu madre me hacía curaciones por los raspones que me hice en los brazos y piernas, aquella vez que me caí del encino grande?-

-¿Qué quieres decir?-

Mauro procuró las mismas palabras.

-En aquella época la veía triste con ojos de soledad pero al mismo tiempo con mirada de lujuria que pedía a gritos el servicio que un erecto inexperto le podía dar. Pero no te preocupes Damián, tu madre y yo lo hicimos sólo por las mañanas. Jaque mate cabrón.-