© Copyright Derechos Reservados CyberControl M.R. http://cybercontrol.com Mario Clio

Cuando vi a María por primera vez, no me latió el corazón frenéticamente ni sentí mariposas en el estómago. Sólo la vi y ya. Fue sin tomarla mucho en cuenta. Tal vez porque junto a ella había muchas compañeras de su secundaria que realmente eran bellísimas y se veían deseosas de establecer relaciones traviesas con los jóvenes que caminoteaban frente a sus pecosas narices. 
Fue en un grupo de coro de la iglesia y en mi primer día de ensayos me sentí como un seductor Hernán Cortés a la conquista de jóvenes nativas del nuevo continente. Lejos, muy lejos de iniciar un apostolado en el ministerio de la música de las misas dominicales.  ¿Qué se podía esperar de un mocetón de diecisiete años?
Con el paso de las semanas, la relación con todas mis nuevas amigas se iba desgastando y cambiaba de pasión a amistad, para finalmente estancarse en un simple compañerismo. 
Sin embargo ella, María, surgía de entre las cenizas. Era tan simpática, espontánea y compatible conmigo, que me hacía sentir de bien a mejor. Estaba descubriendoen ella a un viejo amigo con esbelta figura de mujer.  Con ella, la atracción fue exactamente al revés. Pasé del compañerismo, a la amistad y finalmente a un amor loco. 
Nunca supe que pasaba con mis ojos, que la veía más bella en cada ensayo. Tal vez  se debía a que abrazaba su pubertad en el cuerpo y en el corazón, o que simplemente me había graduado sin querer los anteojos del amor deslumbrante, que me hacían verla como una divinidad. Las mariposas comenzaron a aletear finalmente en mi estómago.
Su cabello castaño y lacio.  Suave y siempre con aroma a hierbas. Un rostro afilado lo iluminaban unos grandes y brillantes ojos color almendra, que proyectaban siempre pensamientos caprichosos. Su sonrisa franca y casi infantil hacía que cualquiera se doblegara a su encanto. Era alegre y simple, gozaba cada minuto. Alta y delgada, y aunque con senos incipientes, su verdadero encanto lo irradiaba el porte. 
Le gustaba pasear en bicicleta, usar jeans, jugar a las vencidas conmigo y hacer bombas con goma de mascar. Nada de faldas ni maquillajes. Cuando usaba zapatos con tacones altos, el chaparrito era yo, pero no me importaba. Era la mujer con la que quería morir de anciano.
Comenzaba a perder un poco el respeto en mí y a entregarme sin pedir nada. Vinieron mis largas noches de desvelos por pensamientos confusos llenos de pinceladas del día transcurrido. ¿Me quiere o no me quiere? Caía en la eterna pregunta aleatoria de los enamorados inseguros y terminaba por besar mi almohada durmiéndome con el perfume de sus recuerdos.
 
El “sí” me lo dio con una serie de condiciones que acepté sin vacilar. No negocié, por el gusto de saberme correspondido. 
-No debe saber nadie que somos novios, porque mis tres hermanos son muy celosos y no quieren que tenga novio y mucho menos porque tengo catorce años.- Advirtió. 
No me importó. En el coro otras parejitas clandestinas terminaban por oficializar su relación.
 
-Tampoco quiero que me tomes de la mano en público y menos que me abraces.- 
A todo decía que estaba de acuerdo, aunque en el fondo me sentía algo frustrado. 
-Y por favor no me beses, jamás.-  
-Caray, te lo prometo, y te amo, y lo haré.- 
Tenía la confianza de que todas serían condiciones temporales. Mi objetivo con ella era claro y de muy largo alcance.  
Nos convertimos en novios bajo esas condiciones, pero hacerlo así le incorporó un terrible ingrediente a nuestra relación, que a la postre nos afectó. 
El noviazgo comenzó, y contrariamente a lo esperado, la distancia entre nosotros se agrandó. No era agradable que a la salida de la misa camináramos por la acera o la calle, en grupo, siempre en grupo. 
Cuando lo hacíamos solos, ella se convertía en un manojo de nervios por la remota posibilidad de que se aproximara su hermano en cualquier auto que pasara. Aseguraba que en todos los automóviles pudiera venir al menos uno de ellos. La relación de amistad se convirtió lentamente en un delirio de persecución. 
Cuando charlábamos ya nunca era a solas, siempre con sus amigas. Tres o cuatro al menos.  Ella debía proyectar al mundo que no tenía novio, ni nada que se le pareciera.
Lo más ridículo fue llegar en grupo a una lonchería con todos los amigos sentados al rededor y por debajo de la mesa le tomaba la mano. En algún momento dudé que la mano que tomaba fuera la correcta, pero era el precio que pagaba por su amor.
Algunas semanas después, al despedirnos me quedaba de pié en la esquina de su casa y ella se alejaba caminando junto a sus amigas. A los quince pasos, se las arreglaba para regresar conmigo y decirme en secreto que me quería regalándome un beso fugaz en la mejilla, para de inmediato volver corriendo al grupo de chaperonas que fingían no haber visto nada. Me daba vuelta y saltaba repitiendo. ¡Sí me quiere…!
Su temor de ser sorprendida fue creciendo y se agravó al nivel de cuidarse también de los amigos de sus hermanos. Su miedo se convirtió en pánico, mientras que mi amor en delirio, todo provocado por el gotero con el que me administraba su amor.
Estaba sometido a ella y mi frustración se convertía en deseo ardiente de abrazarla y besarla, pero me tenía que conformar con acariciar mis frustrados deseos y los tristes árboles que me daban compañía. 
El denso día llegó cuando al terminar la misa de mediodía, todavía adentro del templo, le dije que quería hablar con ella. Miró a sus amigas para decirles que se iría más tarde a casa. 
Fue una tarde inolvidable. Charlamos más en esos momentos, que todos los días de nuestro noviazgo. No dejamos ningún tema sin abordar. Mi intención era externar de cómo me sentía y de lo abandonada que veía la relación. Ella comprendió, sin embargo explicaba lo que le estaba pasando y lo entendí. Los ecos de nuestras voces retumbaban en la soledad del templo. 
Conversamos tanto, nos reclamamos, nos perdonamos, lloramos y nos reímos de mil cosas. Sentimos por primera vez nuestras manos, nuestros brazos y nuestros labios. 
No nos importó estar adentro de la casa de Dios, considerábamos que el amor no era pecado si teníamos lágrimas sobre las mejillas. Nos amamos con besos, abrazos y caricias al rostro que contrastaban con la quietud sacra. Respirar su respiración y enredar su cabello con mis dedos, fue algo místico. 
Escuchar sentaditos en la banca los autos pasar afuera y no sentir sus temores, fue hermoso. Un regalo divino.
De manera sorpresiva entró el señor cura al templo. Vio antes nuestra escena, que nosotros su presencia. Estaba ahí, a menos de dos metros. Con la más rígida cara nos dijo tajante: -Respeten la Casa de Dios.- 
Salimos agobiados y avergonzados, porque había sido el mismísimo párroco que al regresar de comer vio la puerta del coro abierta y bajó de su auto para sorprenderse con la escena. 
El mismo sacerdote que conocía a sus padres y hermanos. 
Los grandes ojos de María reflejaron una angustia y temor que no le cabían en cuerpo. Mi sentimiento de culpa fue terrible, porque fue el mismo párroco y no el hermano celoso quien apareció y nos sorprendió en ese, el primer y último encuentro de amor. Porque fue el último. 
A María la vi sólo una vez y fue para despedirse. Fue un amargo adiós de novios y de amigos.  
Las mariposas que aleteaban en mi estómago, aquella tarde simplemente volaron.